lunes, 28 de octubre de 2019

Limpieza de plumas estilográficas

En Internet hay numerosos artículos y videos que muestran como realizar una limpieza básica de una pluma estilográfica. Generalmente basta con sumergir la boquilla con el plumín en agua fría. Podemos añadir al agua un poco de lavavajillas y dejar 24 horas. Luego lavar con agua limpia para retirar todo resto de jabón.
Sin embargo, en ocasiones es necesario una limpieza más concienzuda. Para ello, tras tener la boquilla en remojo 24 horas, procederemos a inyectar agua jabonosa (la misma en la que tuvimos la pluma sumergida) a través de todo el sistema alimentador-plumín. En las tiendas especializadas venden unas peras de goma que sirven para estos menesteres. Pero podemos fabricarnos nuestra propia herramienta de inyección por menos de 1 euro.

¿Qué necesitamos?

Para fabricar nuestro artilugio, necesitaremos los siguientes elementos:
  • 1 jeringa de 5 ml.
  • 1 sonda de silicona de 14.
  • 1 cartucho de tinta vacío.
  • Silicona transparente antimoho.

Montaje

Montaje del artilugio de inyección
  1. Tenemos que tener en cuenta el tipo de cartucho que usa nuestra pluma y preparar uno vacío y limpio. 
  2. Con un cúter cortamos la parte trasera del cartucho. 
  3. Cortamos un segmento de sonda de unos cinco o seis centímetros de largo.
  4. En un extremo del trocito de sonda untamos silicona con ciudado de no taponar el orificio.
  5. Introducimos el extremo con silicona por la parte trasera del cartucho hasta que haga tope en la parte delantera.
  6. Sellamos la parte trasera del cartucho para que la sonda quede bien sujeta.
  7. Dejamos secar durante toda la noche.
  8. Cuando esté seca la silicona, conectamos el extremo libre de la sonda en la boquilla de la jeringa.
  9. Ya tenemos montado nuestro artilugio limpiador de plumas.

Regla básicas sobre limpieza

  • Usar agua de muy baja mineralización o agua destilada. 
  • En un primer lavado usar unas gotas de lavavajillas. Se realizarán varios lavados hasta que el agua que expulse la pluma sea clara, sin restos de tinta.
  • En contadas ocasiones, usar amoniaco al 5%. Pero ¡cuidado! en ocasiones puede afectar a los chapados de oro. 
  • No usa ningún otro producto de limpieza, ya que pueden reaccionar con los materiales de la pluma (metales, plásticos, etc).
  • Enjuagar siempre con agua limpia varias veces.
  • Dejar secar bien la boquilla de la pluma.

lunes, 21 de octubre de 2019

Parker Vector

Parker Pens Company

Parker es una de las marcas míticas en el mundo de la estilográfica y de otros instrumentos de escritura. Nacida en 1888 de la mano de George Safford Parker, en Janesville (Wisconsin, EEUU) llegó a estar en los primeros puestos de la venta mundial.

Fabricante de estilográficas, rotuladores de tinta líquida (rollerballs) y bolígrafos se ha mantenido en el imaginario de los aficionados a los instrumentos de escritura gracias a la calidad y al pontente logotipo en forma de flecha que decora todos los clips de la marca, eso sí, con diferentes diseños dependiendo del modelo. ¿Qué aficionado no ha tenido alguna vez una Parker?

En los últimos años, por efecto de la globalización y la ultramercantilización de todo, Parker fué comprada y vendida sucesivas veces, terminando en manos del grupo internacional norteamericano Newell Brands y perdiendo, según algunas opiniones, la personalidad que tuvo la marca en el pasado en pos de la homogeneidad del panorama actual de la economía y la industria. Newell Brands tiene su sede en Atlanta (Georgia, EEUU).

Parker Vector

El modelo Vector formó parte de la gama económica de Parker. Lanzada en 1986 adquirió gran popularidad en el mundo estudiantil. Su cuerpo y capuchón fabricados inicialmente en plástico (luego saldría un modelo metálico) permitían, además de abaratar costes, despreocupar a los estudiantes de poder estropear un objeto que suele ser delicado.
Familia Parker Vector en plástico negro:
Pluma, roller, bolígrafo y portaminas.
Fuente: Wikipedia.
Actualmente, la gama Vector no aparece en el catálogo de modelos de la página web oficial de la marca para los mercados británico y francés (no hay versión web para España), aunque todavía puede encontrarse en muchos almacenes y tiendas especializadas. Y, por supuesto, puede comprarse a través de Internet. En este último caso, recomiendo extremar el cuidado, ya que pueden encontrarse falsificaciones fabricadas en paises de extremo oriente. A fecha de 2019, una pluma Parker Vector auténtica viene a costar entre 19 y 25 euros, dependiendo del modelo, el color y, por supuesto, el vendedor. No aconsejo adquirirla por menos de 12 euros. También es bueno fijarse en qué país está radicada la tienda online que la vende. Yo prefiero las que se encuentran en Europa, ya que el Mercado Único Europeo ofrece ciertas garantías en estas cosas.
Familia Parker Vector metálica:
Pluma, roller, bolígrafo y portaminas.
Fuente: Wikipedia.
Centrándome más concretamente en el modelo que yo poseo (en plástico negro), esta es mi impresión sobre esta pluma. Respecto a su peso, hay que decir que es una pluma ligera. Su peso es de 10 gr con capuchón y de 7 gr sin capuchón, por lo que no cansa escribir con ella durante horas. La longitud viene a ser de 130 mm cerrada, 115 mm sin el capuchón y 155 mm posteada. El diámetro externo del barril mide 10 mm y el de la boquilla 8 mm.

Es una pluma muy cómoda en mano, que es lo suficientemente larga para poder usarla sin postear, salvo que se tenga una mano muy grande, pero que no desequilibra si la usamos "a la americana". Tiene un plumín de acero inoxidable que desarrolla una escritura fluida y suave. No rasca y el roce con el papel apenas produce ruido.
Prueba de escritura con la estilográfica Parker Vector
Es una buena pluma para diario, tanto para estudiantes como para entusiastas de la escritura con estilográfica, ya que es resistente y responde muy bien en carrera larga. El flujo de tinta es constante y el trazo no sufre variación notable con el cambio de dirección en la escritura. Creo que sigue siendo una de las mejores plumas "de batalla" con una muy buena relación calidad-precio.

Enlaces de interés:

Para obtener más información recomiendo visitar los siguientes sitios:

sábado, 10 de agosto de 2019

Software fundamental low-cost

En todos nuestros ordenadores nos gusta tener diversoso programas, como editores de texto, hojas de cálculo, CAD, retoque fotográfico, etc. Muchas marcas que cubren estas necesidades cobran cuantiosas sumas por las licencias de uso, las cuales hay que renovarlas todos los años.

Sin embargo existen numerosas opciones alternativas para poder realizar estas operaciones, tanto a nivel profesional como doméstico. A continuación apunto algunos programas gratuitos para poder hacer todo tipo de acciones en nuestro ordenador, con el correspondiente enlace a su página web oficial desde donde se podrá proceder a su descarga y posterior instalación.

PRODUCTIVIDAD
AUDIO
IMAGEN
VÍDEO

martes, 26 de febrero de 2019

Cómo crear una contraseña fuerte

En esta entrada pretendo compartir unas sencillas nociones sobre cómo crear contraseñas fuertes o de alta seguridad. ¿Qué quiere decir esto? Las contraseñas que utilizamos a través de nuestro ordenador, ya sean para un sitio en internet o para acceder a máquinas (servidores, routers o nuestro propio PC) son suceptibles de ser 'hackeadas'.

Hay varios sistemas para reventar una contraseña. No vamos a abordar aquí los sistemas de 'hackeo' de contraseñas, pero sí que vamos a dar unos tips para fortalecerlas.

¿Qué NO debemos hacer al generar nuestra contraseña?
  • No deberemos incluir nuestro nombre ni apellidos. Ni tampoco el nombre y apellidos de ningún familiar y, mucho menos, el de nuestra pareja o hijos.
  • No deberemos incluir ningún dato de nacimiento ni ninguna otra fecha relevante en nuestras vidas, como aniversarios de boda, etc.
  • En general, no debemos incluir ningún dato que pueda ser deducido por la persona que esté intentando reventar nuestra contraseña.
Contraseñas pésimas:
  • Alberto, que nació en 1982, tiene como contraseña alberto82
  • Luis tiene 2 hijos (Lorenzo y Marta) y tiene como contraseña lorenmar
  • Juan y María se casaron el 23 de julio de 2008 y María tiene como contraseña juan237
Cualquier persona que tenga acceso a los datos personales sobre las anteriores personas, podrá, tras varios intentos, 'deducir' la contraseña de estos usuarios. Pero hay que tener en cuenta que, hoy día, no solo conocen nuestros datos nuestros allegados, sino que, en muchas ocasiones, compartimos esta información en internet, ya sea en redes sociales o al rellenar perfiles en las diferentes páginas web y aplicaciones que usamos en nuestro ordenador, table o smartphone.

¿Cómo crear una contraseña mínimamente segura?

 Para crear una contraseña segura deberemos crear una contraseña diferente para cada lugar en donde nos vayamos a conectar. Esto, en principio, puede parecer una locura, pero pueden crearse pautas para poder recordarlas facilmente.
  1. La contraseña deberá tener una parte fija, que será igual para todos los sitios a los que nos conectemos.
  2. Por otro lado deberá tener una parte que cambiará de un sitio a otro.
A todo esto deberemos tener en cuenta los consejos clásicos de creación de contraseñas:
  1. La contraseña deberá tener, al menos, una letra mayúscula.
  2. También deberá tener, al menos, una letra minúscula.
  3. Deberá contener uno o varios números.
  4. Deberá contener uno o varios símbolos especiales, como puntos, comas, símbolo del dólar, interrogantes, admiraciones, etc. En este caso no es recomendable utilizar los símbolos de las barras inclinadas / ó \, ya que pueden causar conflicto en algunos sistemas operativos.
Para la parte fija podemos utilizar alguna palabra con la que estemos muy relacionados, pero que no sea un dato personal. Esto nos ayudará a memorizar la contraseña. Por ejemplo, si me gustan las croquetas, puedo usar croqueta como parte fija de mi contraseña.

Pero, aún mejor, podemos usar un pasaje de nuestro libro favorito. Supongamos que el libro que más nos gusta es Don Quijote de La Mancha. Como nos gusta mucho, sabemos que comienza "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme". Pues bien, tomando la primera letra de esta frase conseguiremos la siguiente palabra (por llamarla de alguna manera): euldlmdcnnqa que podremos usar como parte fija de la contraseña. Esta 'palabra' será mucho más fuerte que la del ejemplo anterior, ya que, en sí misma, no tiene ningún significado. Podemos usar, igualmente, refranes, letras de canciones, etc.

Ahora debemos añadir un número. Cuanto menos relacionado esté ese número con nuestra vida personal, mucho mejor. Sin embargo, tiene que tener un sentido para nosotros para que no se nos olvide. Por ejemplo, el número de autobús que tomo para ir a visitar a mi abuela. Efectivamente es un dato que se puede relacionar con nosotros, pero no es un dato personal que pueda conocer cualquier perona. Vamos a suponer que el autobús que pasa por casa de mi abuela es el 27.

Una costumbre muy utilizada es cambiar algunas letras por números que se le parezcan. Por ejemplo: el número 1 (uno) se parece a la letra l (ele), el 3 (tres) se parece a la letra E (e mayúscula), el número 0 (cero) se parece a la letra O (o mayúscula). Por ejemplo, la palabra generada a partir de el refrán "El perro de San Roque no tiene rabo" que quedaría con el siguiente aspecto epdsrntr, puede transformarse en 3pd5rntr.

Nos queda idear la parte variable de la contraseña, lo que aportará que cada contraseña sea diferente y, de esa manera, si nos descubren una contraseña en un sitio web, no puedan conocer el resto de contraseñas. La parte variable puede estar asociada de alguna manera al lugar al que accedemos. Puede ser simplemente la primera letra del sitio web en el que estamos registrados. O la primera consonante o las dos primeras vocales o las tres últimas letras. Así, si vamos a acceder nuestra cuenta de Google, podríamos usar goo (las tres primeras letras), si vamos a acceder a Facebook, podemos usar fcb (las tres primeras consonantes) y si vamos a acceder a Twiter podemos usar ter (las tres últimas letras). Para que sea fácil de recordar, deberemos usar el mismo criterio en todos los sitios.

De manera que, si me gusta "20 poemas de amor y una canción desesperada" de Pablo Neruda, el bus que tomo para ir al centro de la ciudad es el 42 y voy a acceder a Google, mi contraseña bien podría ser: 20Pday1cd*42*Glg (ya os adelanto que esta no es mi contraseña de acceso a Google).

En ella hemos incluido números, letras minúsculas, letras mayúsculas (la primera de la parte fija y la primera de la palabra variable) y dos asteriscos como caracter especial separando los distintos bloques de la contraseña.

Siguiendo el mismo criterio, si voy a acceder a Facebook, la contraseña sería: 20Pday1cd*42*Fcb
Y para acceder a Twiter: 20Pday1cd*42*Twt

Podemos observar que hay una parte fija y una parte variable en todas ellas, lo que hace que en sí mismas todas las contraseñas sean diferentes. Estas contraseñas no tendrán ningún sentido para quien pueda verlas sin conocer los criterios con los que las hemos generado y eso precisamente es lo que las convierte en seguras.

Por último, los criterios debemos tenerlos claros para que no se nos olviden nunca y, así poder memorizar decenas de contraseñas que, en principio, no son más que un galimatías.

sábado, 19 de enero de 2019

Aprendiendo a leer poesía

En los últimos meses he comenzado a incursionar en un terreno desconocido para mí hasta el momento: la lectura de la poesía.

La poesía requiere una sensibilidad y una atención especial. Quien está acostumbrado, como yo, a leer prosa sabe que la lectura de la mayoría de las novelas, cuentos o ensayos solo requiere la atención suficiente para introducirse en la historia y dejarse llevar por el ambiente, los personajes y el argumento.

Sin embargo la poesía es diferente. En los tiempos que corren, en los que se publica de todo, tanto en papel como en internet y, desde el punto de vista de un profano ¿cómo podemos diferenciar a un buen poeta de otro mediocre?

La respuesta, salvo que tengas cerca a un buen consejero docto en la materia, es recurrir a las antologías. Sé que hay mucha gente reticente a recomendar antologías, pero en ellas podemos encontrar a los poetas ya consagrados y reconocidos. Bueno, esto también dependerá del gusto del antologador, por lo que deberíamos conocer también el prestigio del mismo.



 También debemos tener en cuenta que en las antologías no aparecen todos los grandes, pero sí que son grandes todos los que aparecen. Es inevitable que el límite que impone un soporte físico, como es el libro, obligue al antologador a prescindir de algunos grandes poetas y, de entre los poemas, dejar en el tintero algunas de las más bellas líneas. Siempre encontraremos pegas a las antologías. Siempre faltará algún poeta o algún poema que alguien pueda echar de menos.

Sin embargo, salvando estas pequeñas fallas, creo que las antologías pueden ser un buen punto de partida. He aquí cuatro propuestas, de entre la vasta bibliografía disponible en las librerías.
  • Antología de la poesía española (1890-1939) por Arturo Ramoneda. Alianza Editorial, 2018.
  • El oro de los siglos por José María Micó. Austral, 2017.
  • Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (1914-1987) por José Olivio Jiménez. Alianza Editorial, 2015.
  • Poesía para los que leen prosa por Miguel Munárriz. Visor Libros, 2004.
 Por supuesto que habrá muchas otras opciones y propuestas, según quien las recomiende. Ahí están las mías. Sigamos leyendo.

viernes, 2 de febrero de 2018

Asdrúbal



Llegó a la rotonda del pabellón de deportes accionando el acelerador de su Harley Davidson repetidas veces. La motocicleta, embragada para dejarse oír, llenó la plazoleta con su característico rugido. A la grupa, tras unas gafas de sol de aviador y una barba que ya era más canosa que negra, los presentes reconocieron a Asdrúbal. Giró en la rotonda y, acelerando al máximo, se alejó del lugar por la misma calle por la que había venido. Pantalón de cuero, camiseta de Iron Maiden, cazadora vaquera a la que había quitado las mangas, botas de puntera redonda y casco prusiano. De esta guisa se paseaba los domingos por la calle principal del pueblo el único ángel del infierno que vivía en la localidad. En el depósito de la gasolina una pegatina redonda blanca con una cruz roja en su interior.

Un grupo de abuelos, sentados en un banco tomando el sol de marzo, cesaron su conversación al escuchar el bramido de la máquina. Le siguieron con la mirada, mientras daba la vuelta a la rotonda, algo molestos por aquel ruido que no podía calificarse de otra manera que no fuera infernal.

Frente al pabellón de deportes, unos adolescentes se quedaron mudos, sonriendo al ver llegar el ingenio motorizado. Los chicos pensando en comprarse una como aquélla en cuanto tuvieran edad. Las chicas, soñando abrazarse al motorista por la espalda, mientras el viento arrastraba sus cabellos y sentían la fuerza del hombre y de la máquina.

Dos perros bóxer, asustados por el estruendo, comenzaron a ladrar sujetos por las cadenas que agarraban con firmeza sus amos. Ambos se miraron sonriendo y haciendo un gesto con las cejas apuntando hacia el motorista.

Desde la cafetería Elisa, entre el sonido de la cafetera y de una televisión que nadie atendía, algunas mujeres que tenían por costumbre tomar un café juntas después de salir de misa, también miraron al pintoresco jinete.
—Ahí va Asdrúbal —dijo una, sintiendo al mismo tiempo rechazo y agradecimiento. Rechazo por que su hijo, que se encontraba entre los adolescentes de la plaza, no se convirtiera en un tipo como aquel. Y agradecimiento por el encuentro que tuvo días antes con el mismísimo Asdrúbal.

Los domingos eran esos días en que la paz del pueblo se veía interrumpida momentáneamente por la tormenta que formaba aquel fabuloso demonio. Y, aunque no dejaba de ser un individuo molesto, todo el pueblo le respetaba de alguna manera. Sabían que, tarde o temprano, se las verían con él. Frente a frente. Como la mujer que tomaba café con sus amigas.

Ya sea mañana lunes, o el martes, o quizás dentro de una semana o mes. Más pronto que tarde todos los habitantes del pueblo pasarían por las manos de Asdrúbal. Una herida sucia, unos puntos de sutura, una inyección, un hombro dislocado, una extracción de sangre. Las manos de Asdrúbal eran, sin ninguna duda, las mejores de la comarca en cuestión de enfermería. Y es que ese leviatán que monta los domingos al mismísimo lucifer, de lunes a viernes se dedica a sanar los cuerpos de los vecinos que ahora le miran desaparecer envuelto en una nube de humo.


© 2017, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.

miércoles, 12 de abril de 2017

La Sorpresa



Fue a finales de mayo, en Madrid. Él estaba sentado en una terraza de la Plaza Mayor. Cruzadas las piernas, dejaba ver unos zapatos de una prestigiosa firma italiana. Vestía unos pantalones de lino, una camisa morada de seda y una americana color crema. Llevaba un sombrero panamá, que había deslizado levemente hacia atrás con un elegante ademán y simulaba leer El País, tratando de ocultar su impaciencia.

Hoy era el cumpleaños de Andrea. Hacía siete años, casi ocho, que no se veían. Desde que se fue a vivir a Dinamarca con su novio Soren sólo se habían carteado de forma bastante escueta y él había viajado un par de veces a visitarla, pero ella consiguió esquivarle bien en una ciudad que él no conocía. 

La cosa se puso fea a raíz de la muerte de Clara. Ella siempre le echó la culpa a él de la muerte de su madre. El parto se adelantó y aunque él reaccionó lo más rápido que pudo, o que la confusión le permitía, llegaron al hospital demasiado tarde para ambos, para Clara y para el bebé. Andrea llegó de la facultad y se encontró sola en casa. ¡Que raro! ¿A dónde habrá ido mamá a estas horas y en su estado? Andrea no pensaba que el parto de su hermanito, Carlos se iba a llamar, se hubiese adelantado cinco semanas. Estuvo todo el día sola y cuando él llegó a casa a la una y media de la noche, ella le estaba esperando temiéndose lo peor, pero sin lograr imaginarse lo que había pasado. Él entró descamisado, con el pelo empapado en sudor, con tal cara que ni su hija le reconoció en un primer momento.

—¿Qué ha pasado? ¿Y mamá?

Dio un largo y sospechoso silencio como respuesta y, al cabo de un instante, que se hizo eterno para Andrea, rompió a llorar.

Había llegado al final del periódico y de su tónica. Llamó al camarero y le pidió otra, dio la vuelta al diario y comenzó a releer los titulares. En la foto de la portada podía verse, chocando los cinco como buenos amigos, José María Aznar y Jordi Pujol. Eran las doce y veinte. Se retrasaba. Cuando ella le llamó la pasada Navidad, parecía más cordial que nunca.

—Para mi cumpleaños iré a España y nos veremos... tengo una sorpresa para ti que no te mereces...
Él solo esperaba que ella no hubiese cambiado los planes, a pesar de su promesa. Era capaz.

Pagó la cuenta. Setecientas pesetas por dos tónicas. Casi le escocieron los oídos cuando el camarero se las pidió muy amablemente.

Dobló por la mitad el periódico y lo dejó sobre la mesa. Empezaba a hacer calor y daban ganas de pasear. Se levantó, cogió el periódico y se dispuso marcharse, cuando un impulso le hizo volverse hacia la estatua ecuestre que hay en el centro de la plaza. Allí estaba ella, con un vestido blanco de tirantes que el viento ondulaba cerca de sus tobillos y una pamela amarillo pálido. Al lado estaba Soren muy elegante. Alto, rubio, con un poco de melena, vestido con un traje negro y camisa blanca. Ella le saludaba con el brazo, mientras Soren sostenía en brazos a una niña de unos tres años. Él se acercó y padre e hija se fundieron en una abrazo. Le dio un fuerte apretón de manos a Soren, cogió en brazos a Clara, su sorpresa, y la abrazó muy fuerte.


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.

lunes, 3 de abril de 2017

Búsqueda avanzada en Google

Documentarse adecuadamente es una parte de la labor del escritor, tan importante o más que la propia escritura. Hoy día, internet nos proporciona una fuente de información vastísima, pero podemos perder mucho tiempo si no sabemos buscar bien lo que queremos.

A continuación, muestro unos pequeños consejos que, seguro, serán de gran utilidad.

Frases literales

Cada vez que se quiera buscar una frase literal, usaremos las comillas dobles. Se recomienda para buscar citas o nombres de personas determinadas. Por ejemplo: "En un lugar de la Mancha"

Excluir una palabra de la búsqueda

Para excluir una palabra de la búsqueda usaremos el signo menos (-). Por ejemplo, para buscar todos los sitios que contengan la palabra Cibeles y que no contengan la palabra Madrid, escribiremos: Cibeles -Madrid

Buscar un término un sus sinónimos

Para buscar un término e incluir también las páginas web en donde se encuentren sinónimos del término buscado, usaremos la tilde ~ de la siguiente manera: ~árbolBuscará la palabra árbol así como sus sinónimos.

Buscar en una página web o en un dominio determinado

Para buscar un término en un dominio de internet o en una página web determinada usaremos la palabra reservada site: de la siguiente forma: jazz site:blogspot.com Buscará la palabra jazz en el dominio blogspot.com

Buscar páginas web que contengan enlaces hacia el sitio especificado

Para buscar las páginas web que enlazan con un sitio web determinado, usaremos la palabra reservada link: de la siguiente manera: link:santiagodelgado.com Buscará todas las páginas web que contengan enlaces hacia santiagodelgado.com

Intervalos de valores numéricos

Podemos buscar también un intervalo de valores numéricos. Para ello usaremos dos puntos seguidos. Por ejemplo, para buscar los libros de Camilo José Cela entre los años 1965 y 1980, escribiremos: Cela 1965..1980

Encontrar páginas similares a una determinada

Para buscar páginas web que sean similares a una determinada que ya conozcamos, usaremos la palabra reservada related: de la siguiente manera: related:wikipedia.org Buscará los sitios que sean parecidos a wikipedia.org

Definiciones de palabras

Para encontrar la definición de una palabra determinada, usaremos la palabra reservada define: de la siguiente manera: define:arado Buscará la definición de la palabra arado.


jueves, 16 de marzo de 2017

Los fantasmas de Menlove Ave.

No faltaron ni una sola vez a su cita durante aquellas semanas. Puntuales, siempre a la misma hora; a eso de las siete de la tarde. Siempre en el mismo lugar.

La esquina de Menlove avenue con 27th st. Era una hora de mucho tránsito; todo el mundo iba y venía. Las mujeres con sus bolsitos de mano, donde portaban su polvera y poco más, con sus sombreros de flores y sus perlas al cuello. Los hombres con pajarita y sombrero de copa, todos de negro. Un semáforo regulaba el tráfico en el cruce. Marchando de aquí para allá un Ford T, un Crossley, quizá algún Rolls Royce.

Siempre en la misma esquina, siempre a la misma hora. El sol iluminaba levemente las calles, dispuesto a ponerse. Allí, en la otra punta del cruce, entre el tráfico y las personas que caminaban, el viejo Tom observaba absorto. Él con sus anchos pantalones que le tapaban los pies, sus zapatos mates de hollín, su camisa desgarbada y su gorra, ocultando un pelo tan enmarañado como sucio. Ella, con su vestido raído, su bolsa cruzada y sus pies descalzos; en el pelo una horquilla que encontró en la basura. No parecía importarles la lluvia. Cuando se encontraban, se paraban, se miraban a los ojos, cogidos de ambas manos y se fundían en un abrazo que parecía no terminar nunca. Él le separaba el pelo de la cara, ella cerraba los ojos y le besaba. Nadie se fijaba en ellos, ni ellos lo pretendían lo más mínimo.

Fueron unas pocas semanas las que estuvo el viejo Tom viéndoles cada noche, desde la otra esquina del cruce, debajo de su abrigo, su bufanda y sus cartones. Nadie supo de aquella pareja, más que el viejo Tom. Tan solo fueron dos o tres semanas.

Esta historia me la contó una vieja que una vez encontré cerca de Menlove avenue. «Se quedaba mirando al otro extremo del cruce, atónito, con la mirada perdida en la distancia y en el tiempo. Yo nunca vi a los jóvenes que el viejo Tom me decía,… hasta la última noche. Fue entonces cuando vi a un muchacho y una muchacha que nos decían adiós con la mano desde la otra acera… Esa misma noche, entre sus cartones, murió el viejo Tom.»


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Procesadores de textos

Si hay una herramienta informática imprescindible para un escritor es el procesador de textos. Desde los inicios de la informática personal, allá por los años 1980's hemos podido ver el desarrollo y sofisticación de estos programas.

Actualmente existen una gran variedad de procesadores de textos. Unos más sencillos, otros más complejos. Unos gratuitos, otros de pago. Unos más modernos, otros más clásicos.
A continuación señalo solo unos cuantos procesadores dentro de los más extendidos en el mercado.

Microsoft Word
Este es, desde principios de los años 1990's uno de los procesadores más populares y extendidos, a pesar de ser de pago. Cada 3 o 4 años, Microsoft saca una nueva versión con más herramientas, por lo que le convierte en uno de los programas de esta clase que más recursos informáticos precisa. Utiliza un formato de archivo propio no estándar (doc, docx), aunque puede importar y exportar a otros formatos que sí son estándar (odt).

Pros: Muy extendido por todo el mundo, lo que le ha convertido en un estándar de facto (no es un estándar reconocido por ISO/IEC).
Contras: Es de pago. Requiere ordenadores potentes para ejecutar las últimas versiones.

Más información: www.office.com

Libre Office Writer
Es el gran rival de Microsoft Word. Forma parte de la suite ofimática Libre Office y está desarrollado por The Document Foundation. Como formato de archivo utiliza el estándar ISO odt. Aunque puede exportar e importar documentos de Word. Además tiene la opción de exportar directamente a formato pdf. Es un procesador muy completo de alto nivel y se encuentra disponible para las tres grandes plataformas (Windows, Linux y MacOS).

Pros: Es gratuito. Utiliza formato estándar ISO/IEC. Exporta directamente a pdf. Es muy completo y multiplataforma.
Contras: Requiere máquinas potentes debido a la gran cantidad de herramientas que contiene. Está menos extendido que Word, aunque la tendencia está en ascenso.

Más información: es.libreoffice.org

Abiword
Este software es una gran opción para dos tipos de usuarios: aquellos que no dispongan de un ordenador moderno y aquellos que deseen un procesador de textos sencillo de usar pero con todas las características que necesita un escritor. Abiword vió la luz en su primera versión en 1998. Es un programa más modesto que los anteriores, aunque cumple todos los requisitos de un procesador de textos. En consecuencia, necesita menos requisitos tecnológicos. Es ideal para ordenadores antiguos con menos prestaciones. Utiliza un formato de archivo nativo, aunque es compatible con los formatos estándares, así como con el de Microsoft Word.

Pros: Es gratuito. Es compatible con todos los formatos más utilizados. Es ideal para ordenadores antiguos y para personas que no quieran complicarse la vida con complicadas aplicaciones para escribir textos.
Contras: Quizás, los usuarios más avanzados echen de menos alguna de las características más propias de las grandes aplicaciones. Su versión para Windows ha sido abandonada y ya no se publican nuevas versiones para este sistema operativo.

Más información: www.abisource.com

domingo, 5 de marzo de 2017

Los ojos de un gato negro



Cuando ella reapareció, mi mundo, ese mundo que me había construido poco a poco, durante tantos años, totalmente a mi gusto, a mi imagen y semejanza, se vino abajo. No sé cómo me encontró. Yo me consideraba por entonces totalmente perdido y desaparecido para los demás.

Apareció un día a la hora de comer en mi propia casa. Si hubiese llamado por teléfono, podría haberla evitado de alguna forma, pero se presentó en casa. Sonó el timbre (un solo dindón). Pensé en la presidenta de la comunidad de vecinos que volvía a pedirme ayuda porque no le casaban las cuentas. Así que abrí sin mirar por la mirilla. Me quedé paralizado. Supongo que pondría cara de haber visto un fantasma. Y, al fin y al cabo, eso era lo que estaba viendo.

                —Bueno, ¿no me vas a saludar?
                «¿Eh?»
                —Vamos, despierta.

Allí estaba ella igual que siempre. No había cambiado. Su mirada, su sonrisa, sus mofletes. Gracias a la enorme locuacidad que me permite desenvolverme ante cualquier situación, dije:

                —¿Eh?

Abrí los ojos y la boca; como un estúpido me la quedé mirando. Al fin pude reaccionar y la invité a pasar.

Comimos en casa, no gran cosa, ni siquiera lo recuerdo. Me sentía muy distante a ella, pero empezaba a apoderarse de mí un sentimiento que volvía vertiginosamente desde un pasado lejano, muy lejano.

Nos fuimos a tomar el café y a hacer la sobremesa a un bar del puerto al que yo suelo ir todavía, casi todos los sábados.

                —Me ha costado encontrarte, llevo tres meses siguiéndote la pista.
                «¿Y qué son tres meses comparados con veintisiete años?»
                —Sabía donde tenía que buscar, pero hay muchos institutos en Asturias.
                «¡Bingo! Quien la sigue, la consigue».

Me contó su historia, veintisiete años de historia personal. Se fue a vivir a París con un francés, pero a los meses volvió a Madrid. Para entonces yo ya había desaparecido.

                —Me dejaste de escribir…
                «Normal, nunca me cayó bien aquel engreído franchute».
                —…y cuando volví, ni Carlos sabía dónde te habías metido.

Estuve escuchando durante toda la tarde, ya que esos veintisiete años, a mí se me reducían al mismo día, a la misma monotonía. Veintisiete años de monotonía, rota por su violenta aparición.

                —Cuando no te encontré, me di cuenta que te había perdido de verdad.
                «Siento que se diera cuenta tan tarde».

Caía la tarde. El manto oscuro de la noche empezaba a asomarse por Cantabria y los pescadores, en sus pequeños barcos de pesca, comenzaban las labores para salir a faenar en cuanto cayera la noche.

Continuamos charlando, caminando por el paseo marítimo. Llevaba toda la tarde, y no con demasiada ilusión, esperando a que llegara este momento. Sabía que los recuerdos iban llegando desde que ella apareció por mi puerta, desde lo mas profundo del subconsciente, desde las tenebrosas brumas del abismo de mi pasado.

                —¿Recuerdas aquella ocasión en la que…?
                «¡No voy a recordar!»

Llegó la media noche, recordando aquel pasado que tuvimos en común. Recordando, recobrando la pasión, las ansias de vivir, la ilusión perdida y olvidada hacía tanto tiempo.

Abandonamos el paseo marítimo, camino de casa. Mi brazo rodeaba su cintura, su mano, en el bolsillo trasero de mis tejanos. Empezaba a recobrar la ilusión, las ganas de vivir. Subimos a mi piso. Apenas había cerrado la puerta ya estábamos desnudos. Retiramos la mesa baja del salón para dejar sitio libre sobre la alfombra. Mis manos volvieron a sumergirse en la calidez tersa y suave de su piel, su cuello descubierto, sus pechos firmes y blancos, sus caderas redondas, su ombligo, visitante esperado, sus pies, sus rodillas, sus muslos, su pubis…

                «Te compararé con una noche de verano…» llegó a mi mente.

Desperté a las nueve de la mañana, pero ella ya no estaba. La busqué desesperado por toda la casa, pero ella ya no estaba. Entonces empecé a recordar lo que había ocurrido. Nada. El día anterior me parecía confuso, turbio. Se mezclaba con otro ayer tan monótono como los de los últimos veintisiete años. Tardé en darme cuenta de que ella fue realmente un fantasma de mi pasado, que volvió, quien sabe desde donde y desde cuando, para pasar ese día conmigo; para recordar y para revivir lo que fue aquel verano de mi juventud en Madrid.

Salí a la calle. De camino al instituto, me paré de pronto. Sentía una mirada penetrante detrás de mí. Me volví y me encontré con un gato negro que, efectivamente, me miraba fijamente. Le miré y sus ojos me parecieron familiares. Ladeó la cabeza y maulló muy flojito.

                —Adiós— le dije yo, y desapreció de un salto por un callejón oscuro.


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.
  •  Publicado en la revista El Vendedor de Pararrayos (Barcelona) en septiembre de 1998.